
Hoy me gustaría compartir un momento que disfrute y que recomiendo a todo el mundo.
Ayer me levante con un nuevo propósito que cumplir: Ir a la playa.
Si hubiese estado en mi lugar de residencia natal, me habría tenido que conformar con acercarme a una fuente o como mucho al lago puesto que allí no existe la playa, pero estando en la costa este sueño era posible de cumplir.
Sin más dilación me enfundé un chándal, cosa bastante extraña en mi, y me dirigí a la playa de Calblanque. Esta es una playa envuelta en un paraje natural que da lugar a que el mar se vea tal y como es. Salvaje, arrasador y lo más importante: LIBRE.
Cuando llegue allí, vi que todo era muy diferente a cuando uno se acerca en verano. El atasco, los comentarios de la gente, los ruidos derivados de los golpes de la pala y el cubo, la expresión “que calor” o “que buena esta el agua”… Todo eso ya no estaba allí. Por primera vez vi la playa no solo como un lugar de descanso y desconexión. La vi como una liberación, una presencia dispuesta a escucharme y a acogerme en su manto de olas si ocurría algo que me hiciera no estar bien.
Llegue, me senté frente a ella y le conté todo lo que me inquietaba, todo lo que había hecho hasta llegar a ella, todos mis problemas… En cuestión de segundos todas mis preocupaciones por grandes o menores que fueran quedaron destapadas. Fue un instante, pero en él, se me desnudó el alma y me quede vacía de recuerdos que me hacían llorar. Lo mejor de todo, fue que no tuve que pronunciar una sola palabra para ello, no tuve miedo de que no aceptase mi comportamiento en determinadas ocasiones, ni tampoco de que me juzgase sin llegar a conocer el porqué de mi situación.
El se quedó frente a mí, callado, sereno, escuchando el interior de mi ser y trasmitiéndome a la vez la paz y la calma que tanta falta me hacían, las olas iban y venían llevándose las malas vibraciones y me traían a cambio valor y fuerza para poder seguir afrontándolo todo.
Si hubiese estado en mi lugar de residencia natal, me habría tenido que conformar con acercarme a una fuente o como mucho al lago puesto que allí no existe la playa, pero estando en la costa este sueño era posible de cumplir.
Sin más dilación me enfundé un chándal, cosa bastante extraña en mi, y me dirigí a la playa de Calblanque. Esta es una playa envuelta en un paraje natural que da lugar a que el mar se vea tal y como es. Salvaje, arrasador y lo más importante: LIBRE.
Cuando llegue allí, vi que todo era muy diferente a cuando uno se acerca en verano. El atasco, los comentarios de la gente, los ruidos derivados de los golpes de la pala y el cubo, la expresión “que calor” o “que buena esta el agua”… Todo eso ya no estaba allí. Por primera vez vi la playa no solo como un lugar de descanso y desconexión. La vi como una liberación, una presencia dispuesta a escucharme y a acogerme en su manto de olas si ocurría algo que me hiciera no estar bien.
Llegue, me senté frente a ella y le conté todo lo que me inquietaba, todo lo que había hecho hasta llegar a ella, todos mis problemas… En cuestión de segundos todas mis preocupaciones por grandes o menores que fueran quedaron destapadas. Fue un instante, pero en él, se me desnudó el alma y me quede vacía de recuerdos que me hacían llorar. Lo mejor de todo, fue que no tuve que pronunciar una sola palabra para ello, no tuve miedo de que no aceptase mi comportamiento en determinadas ocasiones, ni tampoco de que me juzgase sin llegar a conocer el porqué de mi situación.
El se quedó frente a mí, callado, sereno, escuchando el interior de mi ser y trasmitiéndome a la vez la paz y la calma que tanta falta me hacían, las olas iban y venían llevándose las malas vibraciones y me traían a cambio valor y fuerza para poder seguir afrontándolo todo.
Con esta experiencia, he comprendido que elegí un camino que tengo que continuar, la vida es tomar decisiones aunque nadie las entienda, lo importante es que yo me sienta firme en ellas y si me equivoco levantarme sin miedo a volver a caer, porque de los errores también se aprende.
Tengo que seguir caminando a lo alto de la montaña. Yo, tu, aquel o el de más allá… todos tenemos que seguir caminando. Y lo más importante, seguir luchando por aquello en lo que creemos.
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